Días lejanos

Atrás quedaron los días en que te aprendías la tabla de multiplicar y te sentías el más listo por sabértela de memoria, los días en los que marcabas un gol en las pachangas de fútbol y te creías Ronaldo Nazario, cuando jugabas al Tekken 3 y creías que nunca habría un juego que pudiera superarlo.

Los días en los que la única preocupación era que llegara el recreo y que no te tocara ser portero, en los que el mayor momento de tensión era que la Play 1 cargara.

Esas mañanas en las que madrugabas para ver tus series favoritas.

Esos días en los que temblabas de miedo pensando en que decirle a la chica que te gustaba.

Esta época se fue y con ella muchas cosas, si nos acordamos es porque hemos crecido y seguimos creciendo.

Que preferimos un rato leyendo un libro apasionante que jugando mil horas a un videojuego.

Que la vida no se para porque tú quieras, que eres tú el que tiene que adaptarse a la situación y no al revés.

Es llevarte hostias, tanto físicas como metafóricas.

Es que a veces las cosas no salgan a la primera, ni a la segunda, ni a la decimoquinta, sino que tengan que esperar un poco más.

Es saber elegir el momento para hacer según que cosas.

Es entender que aunque te van a partir el corazón siempre es preferible eso a tenerlo guardado en un cofre en el fondo del mar.

Que a veces tienes que resignarte con cosas que no puedes cambiar y que otras veces tienes que dar un golpe en la mesa.

Que valoramos más unas cañas por la mañana un sábado que una noche loca el día anterior.

Que salir de fiesta y emborracharte hasta perder el sentido no lo es todo.

Madurar es darte cuenta de que no eres imprescindible para la existencia del mundo y que en cualquier momento todo se acaba y no pasa nada.

Que aunque sepas mucho de algo o por muy bueno que seas en algo siempre habrá alguien que te supere.

Saber que hay que aprender de los mejores y las mejores sin perder el tiempo en comparar quién es mejor que otro.

En saber que hay opiniones que tienes que tener en cuenta y otras que no valen nada.

En definitiva, madurar es tropezar y superar situaciones una y otra vez hasta que se acabe todo, y que dure mucho.

Sigamos madurando y superando etapas.

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