Carolina Marín Martín, de niña a leyenda.

+ ¿Qué juego es ese?

Fue lo primero que le pregunto su padre a aquella niña de 8 años cuando llegó llena de emoción a casa.

– Es bádminton, es parecido al tenis sólo que la raqueta es más larga y en vez de pelota es un volante con plumas.

Su padre se quedó extrañado pues no conocía ese deporte, pero algo se había despertado en aquella niña en una tarde cuando con su amiga Laura fue al polideportivo de su ciudad a descubrir un juego nuevo, uno que no había visto antes y al que se apuntaron debido a unas clases que empezaron a dar en aquel centro deportivo.

Le pareció extraño al principio, no era ni buena pero había algo por encima de eso, y era que esta niña disfrutaba golpeando ese “volante con plumas”, se convertía en otra persona cuando entraba a la pista. Era agresiva, luchadora, mostraba un aplomo casi impropio de una niña de su edad y sacaba a relucir su lado más competitivo en cada movimiento y golpeo de raqueta.

Compaginaba sus clases del colegio, con su gran afición por el flamenco, cuyos primeros pasos fueron con 3 añitos, esta disciplina en la que ella se movía de una forma tan maravillosa como la sonrisa que no dejaba de mostrar en cada baile, movimiento o paso que daba encima de las tablas. Con su mantilla amarilla, ella marcaba el ritmo del arte que llevaba en su interior.

Pero no todo era un camino de rosas para Caro, para llegar a alcanzar tal destreza tenía que equivocarse, corregir, aprender, volver a equivocarse y así sucesivamente, por lo que llegaba a mostrar su temperamento en numerosas ocasiones.

De hecho, su profesor de baile la llegó a definir como “un polvorín”, de los enfados que llegaba a coger si no le salía algo como ella quería. Pero no era un berrinche, Carolina nunca abandonó por muy cuesta arriba que se le pusieron las cosas, nunca abandonaría nada, no estaba en su naturaleza.

En cuanto al bádminton, Carolina siguió dedicándole muchas horas y mucha ilusión a este juego que cada vez se iba convirtiendo en algo que formaba ya parte de su vida, hasta que con 12 años tuvo que elegir entre seguir dedicándole más tiempo al bádminton o más tiempo al flamenco.

Tras reflexionar, dejó el flamenco para dedicarse en cuerpo y alma a su deporte favorito, un deporte en el que empezó a destacar de tal manera que con tan sólo 14 años dejó atrás su pueblo natal para trasladarse a Madrid, con el fin de entrenar en el Centro de Alto Redimiento (CAR) y conseguir abrirse un camino en el difícil sendero del bádminton.

Imaginamos que no tuvo que ser fácil alejarse de sus raíces con 14 años, pero ella estaba cumpliendo un sueño, y no iba a dejarse vencer tan fácilmente.

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Siguió entrenando y entrenando hasta que un año después, se desplazó hasta Milán para hacer historia en el bádminton español al convertirse en Medalla de Plata en el Europeo Sub’19. Un hecho histórico, sin discusión, pero al que Carolina restó importancia al decir las siguientes palabras:

“Subcampeona de Europa para mí no es nada, hay que seguir trabajando. Un subcampeonato yo creo que lo puede conseguir cualquiera con un poco de sacrificio”.

Estas palabras creo que definen bien lo que es Carolina, una máquina competitiva que posee un hambre de victorias voraz, que con tan sólo 15 años y habiendo conseguido una medalla de plata ya esté pensando inmediatamente en lo mucho que le queda por conseguir y decir que lo que acaba de lograr poco menos que lo puede hacer cualquiera, a mí me resulta sinceramente alucinante, para bien, por supuesto.

Su objetivo más inmediato era Eslovenia, país en el que se celebraría el Campeonato Europeo Sub’17.

Y como ya podréis imaginar, si a una calidad tremenda le sumas el sacrificio, la ilusión desmedida por lo que se hace, y un hambre de títulos tremebundo, era prácticamente inevitable que Caro se alzara con la Medalla de Oro en aquel campeonato, y así fue.

Carolina Marín venció en la final a la turca Neslihan Yigit, con un juego abrasador y un resultado final de 21/9 y 21/3, en tan sólo 20 minutos.

En apenas unos meses conquistó una Medalla de Oro y consiguió una Medalla de Plata.

Algo histórico a todas luces en el panorama deportivo español.

Carolina ya estaba consiguiendo algo más que medallas y victorias, estaba logrando que un deporte muy minoritario en España empezara a sonar cada vez más por todos los lugares.

Por otra parte, no ocultaba nunca que su sueño era participar en unos Juegos Olímpicos, algo que logró en 2012 al acudir a Londres. Y aunque no pasó más allá de la primera fase ella no se iba a conformar con haber acudido a unos JJ.OO.

Mientras se preparaba para los siguientes Juegos, los de Río de Janeiro en 2016, Caro logró otros éxitos, de los que cabe destacar la consecución prácticamente seguida de un Campeonato de Europa y un Campeonato del Mundo en apenas unos meses, algo que a nivel europeo sólo lo habían logrado dos jugadoras hasta ese momento y a nivel español se convirtió en la 1ª de la historia. Siendo la más joven en ganar el Campeonato del Mundo.

En 2015 volvió a reescribir la historia con una nueva consecución del título mundial, siendo la primera jugadora europea en alzarse con la victoria en dos campeonatos de manera consecutiva.

No fue hasta 2016 cuando Carolina cumplió su verdadero sueño, el de escribir con letras doradas su nombre en la historia del deporte al lograr la Medalla de Oro en unos Juegos Olímpicos, algo absolutamente increíble y tremendamente complicado, pues no fue fácil doblegar en la final a la india Sindhu, que forzó a Carolina a remontar el partido.

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Con la voz desgarrada por los habituales gritos que utiliza para amedrentar a sus rivales, Carolina rompió a llorar y podemos hacernos una idea de todos los pensamientos y emociones que le llovieron en aquel momento.

Todo el sacrificio realizado, las horas dedicadas, los momentos de soledad, el estar lejos de su madre y su padre, los nervios, las dudas y todo cuanto una persona puede sentir, pero por encima de todo la satisfacción de haberse coronado como campeona olímpica.

Aquí pudimos volver a ver aquella sonrisa que tenía cuando era una niña y que mostraba cuando bailaba flamenco, una sonrisa que nunca perdió.

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Aquella muchacha onubense, nacida en 1993, hizo que todo un país se sintiera orgulloso de ella, no sólo por haber ganado, ya que estoy seguro de que aunque hubiera perdido sería igual, sino porque demostró tal coraje y entusiasmo por algo, en su caso el bádminton, como se echa de menos en muchísimas otras cosas.

Carolina transmite constantemente valores positivos que pueden ayudar al crecimiento de una persona, ella demuestra que se puede ser cercana con la gente que le apoya y a su vez ser la número 1 y dejarlo todo en la pista.

Ha normalizado algo que precisamente no estábamos acostumbrados a ver como normal, es una persona humilde que no está endiosada como otros muchos deportistas que conocemos.

Los valores que se perciben de Carolina son claros:

Esfuerzo, sacrificio, luchar por un objetivo, perseverancia, disciplina, etc.

Carolina ejemplifica lo que es ser una luchadora y el hecho de apostar por una misma y tener confianza en sus posibilidades.

El futuro, claro está, le deparará muchísimos más éxitos y triunfos si sigue en su línea habitual, algo que celebraremos y disfrutaremos los amantes de este deporte, un deporte que sin Carolina probablemente seguiríamos sin saber lo que es, y al igual que su padre nos haríamos esta pregunta:

+¿Qué juego es ese?

Gracias por tanto, Carolina.

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